Por: Rebeca Mejía López
La historia de la lectura siempre me ha resultado un tema fascinante. ¿Qué se leía? ¿Quiénes leían? ¿Cuándo y cómo lo hacían? ¿Solos, en voz alta, acompañados, en la sala o en el jardín? Las costumbres de la lectura dicen mucho del contexto histórico y nos permiten imaginar épocas con criterio más amplio que incluye la cultura y la vida cotidiana como vías de reflexión.
Me resultó por demás interesante encontrarme con un pasaje dedicado exclusivamente a Don Quijote y Sancho Panza en la obra del poeta y político mexicano Guillermo Prieto, “Memorias de mis tiempos” (1886). Prieto no pretende ser un testimonio para la escritura de la historia de México. Sin embargo, aunque su relato es muy personal, trasciende, en mi opinión, la mera autobiografía pues remite desde el habla popular, su tono irónico, la crítica social, la sátira y un lenguaje poético a la realidad de un México de la segunda mitad del siglo XIX. Encontramos vestigios de la vida cotidiana en su relato y podemos explorar personajes, costumbres, paisajes y situaciones políticas de forma mucho más personal.
Uno de mis pasajes favoritos al leer la obra, fue cuando Prieto narra los carnavales de la ciudad de México. “Alborotando conciencias, escandalizando a las ancianas y sembrando inquietudes en el corazón de las familias, por aquellos tiempos aparecía como triunfante el carnaval; hasta poco antes sumido entre los anatemas de la Iglesia y el desprecio. Como en todo sociedad hipócrita y oprimida, el carnaval fue un fiat de licencias”.
En uno de estos carnavales Prieto se encontró con Fernando Calderón e Ignacio Rodríguez Galván, amigos suyos y harto conocidos en México por sus talentos poéticos. Abierto y alegre el uno, y taciturno y encogido el otro, eran inseparables. Para el carnaval “determinó Fernando vestirse de Sancho Panza, con toda la propiedad posible, y caracterizar a Ignacio de Don Quijote.” Prieto narra que, al principio pasaron desapercibidos entre la multitud de la gente.
“Algunos conocedores del libro inmortal de Cervantes, se dirigieron a Don Quijote y le oyeron parlar en un castellano antiguo, tan atildado, fluido y correcto que no pudieron contener su admiración. Dirigiéronse a Sancho y fueron tan abundantes y oportunos sus refranes, tan agudos sus chistes y llenas de tanta sal y gracia sus respuestas, que llovían aplausos. Rodríguez conocía el castellano antiguo como nadie en aquella época, y Calderón se sabía de memoria el Quijote, de ahí es que se caracterizaron sus personajes, al punto de suspenderse la circulación de coches, cesar el ruido, enmudecer la música y formar un espectáculo lleno de interés con los dos personajes que nos ocupamos”.
El pasaje anterior, estimado lector, me hizo preguntarme: ¿Cómo leemos en la actualidad? ¿Solos, con música, con café, en voz alta, en la tablet? ¿Leemos El Quijote? ¿Cómo se lee El Quijote; resumido, en partes, por párrafos, por temas? Los clásicos gozan fama de ser lectura sólo para expertos, abandonemos esta idea y disfrutemos las grandes obras.
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