Por: Rebeca Mejía López
Publicado en La Gualdra La Jornada Zacatecas
09/11/15
La última vez dejamos a nuestro querido caballero Don Quijote, tratando de rescatar a los criminales. Si bien lo logra, por las malas, lo hace bajo una condición:
De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque habéis visto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recibido; en pago del cual querría, y es mi voluntad, que cargados de esa cadena que quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso, y le digáis que su caballero el de la Triste Figura se le envía a encomendar.
Esta petición fue tajantemente rechazada por los delincuentes, pues, ¿Cómo una vez liberados iban a volver a las ollas de Egipto? Era como pedirle peras al olmo. Esto hace que don Quijote se enoje sobremanera, y, uno de los hombres liberados, Pasamonte, habiendo adivinado que el caballero de la Triste Figura no era muy cuerdo hace señas a los demás para que comiencen a tirarle piedras a él y a su fiel escudero, ni siquiera Rucio ni Rocinante se salvaron de las pedradas.
Al inicio del capítulo siguiente, XXIII, de la primera parte: De lo que aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras de esta verdadera historia que cuentan, se habla de la prudencia de forma distinta, esta vez por boca de Sancho Panza.
Don Quijote, viéndose tan mal parado, pide disculpas a Sancho y reconoce que no debió haber liberado a los villanos puesto que fue como echar agua al mar. Sancho le insiste que con la Santa Hermandad nunca es buena idea meterse, y que al menos lo sucedido le servirá de escarmiento a su amo para que no lo vuelva a hacer. Don Quijote se defiende calificando a Sancho de cobarde y aclara que si él decidió retirarse fue por atender sus suplicas y no por miedo, y le advierte que si alguien le pregunta así es como debe hablar de su amo, pues eso hacen los fieles escuderos al relatar las hazañas de los caballeros. A lo que Sancho responde:
-Señor –respondió Sancho–, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana, y no aventurarse todo en un día. Y sepa que, aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo desto que llaman buen gobierno: así que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no, yo le ayudaré, y sígame: que el caletre me dice que hemos menester ahora más los pies que las manos.
Así pues, estimado lector, ¿es lo mismo ser sabios que inteligentes? ¿La locura deja espacio a la prudencia? O mejor aún, ¿la locura puede dejar espacio a la sabiduría? Porque recordemos que, en varios pasajes de esta obra, varios se sorprenderán de por la sabiduría de don Quijote, a pesar de su locura, o bien de la sabiduría de Sancho, a pesar de ser un ignorante.
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