Por: Rebeca Mejía López
Cuando estaba en preparatoria, una de mis clases favoritas era filosofía. Y, aunque ahora pienso que en realidad entendía poco de la materia, hubo una ocasión en la que el maestro puso una tarea que jamás olvidé, y que recientemente pude poner en práctica yo misma con mis alumnos. Se trataba jerarquizar valores. Entre ellos se encontraban la amistad, el amor, la tolerancia, la libertad, el respeto, la solidaridad, la honestidad, la prudencia, entre otros.
La clase siguiente, el maestro revisó la tarea, los primeros lugares los ocuparon valores como la honestidad, la tolerancia o la solidaridad. Por ahí, una compañera sugirió que habían sido acomodados como nosotros los usábamos en la vida diaria. Resultó que nadie había contestado de manera correcta el ejercicio, según nos explicó el maestro, de acuerdo con Aristóteles, el valor más importante es la prudencia. La moderación como forma de vida, que permite distinguir además, hasta dónde hay que aplicar los demás valores, entendidos estos cómo actitudes, cuándo y por qué. (Habilidad que muchos llaman ahora “inteligencia emocional”).
El Quijote encierra una clara influencia aristotélica, pero sólo la ingeniosa pluma de Cervantes podía hacer una parodia de la prudencia. En el capítulo XXII de la primera parte de su obra; De las libertades que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir, encontramos una situación en la que, don Quijote se vale de la prudencia para aplicar la justicia caballeresca.
Don Quijote y Sancho divisaron en el camino doce hombres, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas en las manos; venían asimismo, escoltados por dos hombres a caballo y dos a pie con escopetas. Los individuos encadenados, por sus delitos cometidos, debían ahora servir al rey en las galeras por fuerza. Don Quijote está en desacuerdo y decide rescatarlos argumentando que:
“Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores y comisarios sean servidos de desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones, porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”.
Sobra decir, estimado lector, que Don Quijote no pudo lograr esta hazaña por las buenas, sino por las malas. Entonces, ¿la prudencia puede ser usada para respaldar la justicia más descabellada?
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