Por: Rebeca Mejía López
Twitter:
@RbkMej
¡Queridos
soldados del pueblo,
obligados
por su deber
a
ser heroicos,
cuando
sus almas tiemblan
y sus piernas flaquean!
General Felipe Ángeles
Un
diario personal siempre encuentra público interesado en él. Desde una madre que
husmea en las cosas íntimas de sus hijos hasta miles de ejemplares vendidos post mortem como es el caso del Diario de Anna Frank. Un diario personal
cuenta con una perspectiva sin tapujos porque, la idea originaria del diario,
es que está pensado para que nadie lo lea salvo el autor del miso lo que lleva
a un relato íntimo y quizás más auténtico de los hechos que narra, al menos,
desde la perspectiva de quien lo escribe.
La
riqueza del diario personal del general Felipe Ángeles rebasa la descripción de
lo que concierne a las tácticas, técnicas y estrategias militares. Cuando
llegamos a la fecha del día 17 de junio de 1914 nos encontramos con una
descripción breve, directa y solemne del traslado de las tropas sin abrigos en
una noche lluviosa desde Torreón hacia Zacatecas en tren.
La
narración continúa el día 19 de junio cuando las tropas llegaron a Calera. El
general Felipe Ángeles nos relata la distribución de las tropas alrededor de
Zacatecas, sus conversaciones con el general Chao, el avistamiento de las
tropas enemigas y las diversas órdenes encomendadas por él.
El
20 de junio nos presenta el autor una descripción mucho más íntima. Desde el
baño que tomó en una “tinita minúscula, el desayuno junto al general Pánfilo
Natera, el “panorama hermoso [del] Valle de Calera y Fresnillo, muy grande y
muy allá abajo, con muchos poblados disueltos en la radiosa luz de la mañana”,
hasta la descripción de la Bufa “una montaña coronada por una meseta muy
amplia”. La narración continúa con los diálogos entre Felipe Ángeles y el
general Natera, un pueblo chiquito que se no se ve pero se percibe detrás de un
cerrito cónico, el reconocimiento del terreno era lo primero, además de otros hechos
regulares como la comida, la mención de su caballo Ney, y, por último, la
narración en tono sereno y calculador de la distribución del enemigo en el
cerro de Clérigos. Según Felipe Ángeles, esa noche “cenaron contentos y
dormimos felices”.
21
de julio la planeación de la batalla. Había que esperar, primero; al general
Pancho Villa puesto que “él debía ser quien dirigiera la batalla”, segundo; las
tropas no habían llegado, tercero; no contaban aún con municiones. Para
entonces “los cañones del Grillo y de la Bufa tronaban siempre y nuestros
artilleros, inmóviles, recibían las granadas enemigas”. Esa misma noche se
instaló un hospital en los bajos del alojamiento de las tropas villistas, los
sonidos eran la combinación de lamentos de los heridos graves y la lluvia que
no cesó.
A
la mañana siguiente, el 22 de junio, el general Felipe Ángeles despertó
preocupado “por las lluvias que habían caído sobre mis soldados, por el
servicio de alimentación de la artillería […] y por los frenos de los cañones
Schneider-Cannet que no funcionaban bien”. Aun así, había que prepararse para
la batalla, de nuevo se discutieron las posiciones del campo de batalla, el general
Pancho Villa también dictaba órdenes y, en esa noche tan obscura la única
claridad era la luz del faro de la Bufa “que giraba continuamente, deteniéndose
a veces sobre el terreno que deseaba vanamente explorar.” Cuando finalmente
regresaron a su asentamiento en Vetagrande un médico de la brigada preguntó al
general Felipe Ángeles “dónde podría presenciar la batalla al día siguiente.”
El
23 de junio todos despertaron tarde, el general Felipe Ángeles se afeito, se
bañó e incluso “cambié de ropa interior”. Luego del desayuno, montaron a
caballo y se dispusieron a afinar los últimos detalles, antes de las nueve todo
estaba más que listo pero no eran más que las nueve. A las diez debía comenzar
la batalla.
Rumbo
a Hacienda Nueva se escuchó el primer tiroteo, Pancho Villa se acercaba y, en
poco tiempo, “las entrañas de las montañas próximas, parecieron desgarrarse mil
veces por el efecto del eco.” Aquél épico concierto se intensificaba con el
detone de las armas, desde Zacatecas, del Grillo, de la Bufa, del cerro de
Clérigos y de todas las posiciones federales también.
A
las diez con veinticinco minutos los soldados villistas se encontraban dando
gritos de alegría por la retirada de las tropas federales. Aun así, el fuego no
se detuvo. ¿Habrían las tropas enemigas reconocido a Pancho Villa en primera
fila? Era difícil saberlo. Lluvia de balas en los cerros del Grillo y la Bufa,
llegó un momento en que la batalla se concentró en Loreto.
Posteriormente,
una granada detonó a escasos tres metres de los generales Felipe Ángeles y
Pancho Villa. “No había sido un torpedo enemigo; sino una granada nuestra que
al prepararse había estallado”. Como líder militar, era obligación de Felipe
Ángeles mantener la calma y que los soldados no se asustaran por el miedo a
morir, no en manos de los enemigos, sino en las suyas propias.
Villa
mientras tanto se acostaba en un montón de arena, el dolor de la muerte de sus
muchachos a costa de sus propias armas era insoportable. Sin embargo, la
infantería debía seguir avanzando. Algunos comieron mientras otros se mantenían
en la lucha. Zacatecas, la Bufa y el camino de Zacatecas y Guadalupe habían
sido tomadas por las tropas villistas así como entre la Bufa y el Grillo. La
lucha tenía un aspecto de victoria próxima.
El
general Felipe Ángeles consultó su reloj, eran las 5 h. 50 m. de la tarde. Las
tropas circundaban el enemigo y lo estrechaban cada vez más, luego de una
confusa mezcla, se visualizaba que los federales intentaban con desesperación
huir en distintas direcciones hacia Guadalupe o hacia Jeréz.
Una
confesión. “Lo confieso sin rubor, los veía aniquilar en el colmo del regocijo;
porque miraba las cosas desde el punto de vista artístico, del éxito de la
labor hecha, de la obra maestra terminada”. Sólo faltaba la parte final, la parte
desagradable: la entrada a la ciudad conquistada y la visión de la muerte de
los rezagados enemigos. Según Felipe Ángeles para las 6 h. 45 m. la temperatura
era deliciosa y .el día moría apaciblemente.
Esa
noche después de la victoria alcanzada el general Felipe Ángeles hizo un repaso
mental sintiéndose satisfecho y tuvo “un sueño apacible.” Pero, ¿qué pasa
después de la victoria? El general nos describe los 7 km, de Zacatecas a
Guadalupe, de cadáveres algunos “que parecían dormir otros que las muecas eran
atroces”. El relato de estos días termina con el agradecimiento a los señores
Noble por su hospitalidad.
@RbkMej

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